Después de más de un año inmerso de lleno en el mundo GNU/Linux he decidido dar el paso. Si en doce meses no he tenido que usar mi Windows para nada… ¿por qué no borrarlo?
El otro día entré, a ver si seguía ahí… y tras varias alertas de que mi Windows no es original (y sí lo es…) decidí que ya era hora de deshacerme de él. Reinicié, me metí en Debian y con el partition-manager de KDE me lié a borrar las dos particiones NTFS que quedaban en plan numantino en mi ordenador portátil. Asimismo me cargué también la partición de recuperación que venía en él. Total, ya se han pasado los dos añitos de garantía así que no tengo que dar cuentas a nadie de lo que tengo o dejo de tener instalado en mi PC.
Así que nada, más espacio, Debian y Arch conviviendo tranquilamente en 160 GB (en cuanto redimensione) y… una licencia de Windows 7 que podría ceder a quien quisi… oh, wait!






